Benjamín Gutiérrez. Su música

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Iniciaremos las siguientes notas con las palabras del maestro Benjamín Gutiérrez:

En estas obras es donde me encuentro como compositor. Las escribí para impresionar el sentimiento y para llegar al oyente costarricense, este es mi entorno. Trabajo y hago música para el selecto público costarricense.

Las palabras de don Benjamín no han sido citadas en vano; en ellas, el compositor da especial énfasis a la relación que poseen sus piezas musicales con un punto geográfico determinado: Costa Rica.

La Suite para orquesta fue escrita en 1962 como tesis de graduación para optar por la Maestría en Composición del New England Conservatory of Music, Boston, Massachusetts. Al respecto, don Benjamín nos cuenta:

Esta obra no fue escrita para ser ejecutada en Boston, ya que las tesis no se interpretaban. Yo sabía que venía para Costa Rica y que me iban a pedir una obra sinfónica […] El primer movimiento es jocoso, un juego entre la flauta, el clarinete y el oboe […] El segundo, lo hice pensando en un lirismo que es típico del siglo XVI: la imitación y el canon; yo adoro el canon […] En el tercer movimiento de la suite, opté por no hacer un rondó, ya que se me iba a convertir en una sinfonía. Yo no quería traer la idea de una sinfonía, ya estaba descalificada como forma musical en esa época en Boston.

En relación con el Concierto para violín y orquesta, compuesto en el año 1962, Gutiérrez expresa:

¡Ah! ¡Qué belleza! Este concierto es lo que más éxito me ha dado en la vida […] Fue una época en la cual me despedía de Costa Rica, porque entre los años 1962 y 1964 me di cuenta de que no iba a tener ningún futuro en mi país, aun si cambiaba de estilo, aun cuando recurriera a todos los géneros de la música selecta […] Entonces pensé: tengo que escribir una obra que sea mía, totalmente mía y que quede como un recuerdo de lo mejor que pude haber producido en la década de los sesenta. Y fue así como pensé en mi amigo Walter Field, a quien escribí el Concierto para violín.
Walter Field representaba la autoridad académica de la época, era un hombre que se había educado en Italia y tenía una solvencia léxica para la enseñanza, así como para la comunicación del saber. Era un verdadero maestro, yo diría que fue el hombre sin el cual no se habría podido hacer la transformación que se realizó en la década de los setenta […] Sin embargo, al mismo tiempo había que hacer una obra de calidad, ya que él era muy exigente. Entonces, pensé en un lirismo instrumental para convencer a Walter Field, el cual con el tiempo pudiera ser escuchado por los costarricenses
.

A lo expuesto por don Benjamín, podemos agregar que el Concierto para violín y orquesta fue incorporado en el repertorio de varios violinistas a lo largo de las últimas cinco décadas. A parte del maestro Walter Field, destacamos a Jan Dobrzelewski, Narciso Figueroa, José Aurelio Castillo, Erasmo Solerti y, finalmente, Andrés Cárdenes, quien consta registrado en la selección de obras de esta producción.

En el Concierto barroco, escrito también en 1962, podemos apreciar el sentir de lo que se interpretaba en el ámbito musical costarricense. Inmediatamente, después de su regreso de Boston, lugar donde recibió parte de su formación musical, Benjamín Gutiérrez se unió a la Orquesta de Cámara de la Universidad de Costa Rica, la cual en ese momento era dirigida por el “maestro de maestros”, según palabras de don Benjamín, el violinista costarricense Alfredo Serrano. Precisamente, fue para este ensamble que el maestro Gutiérrez compuso algunas de sus obras más conocidas: Pavana y la Improvisación.
Vale la pena extraer de la historia los nombres de los músicos que conformaron esta orquesta de cámara: los violinistas, Alfredo Serrano, Walter Field, Hugo Mariani, Antonio Bonilla, Aurelio Castillo, Héctor Reyes, Alberto L. Arce, Rafael Gallegos; los violistas, Alcides Prado, Ricardo Pérez, Jaime del Valle, Benjamín Gutiérrez; los violonchelistas, Jorge Antich, José Rivers, Hermógenes Mata; el contrabajista, Alberto Prado; y en el piano, el propio Gutiérrez.
Con este ensamble, de importante actividad en aquella época, don Benjamín estableció lazos muy fuertes. Por esta razón, le fue muy difícil separarse de él en 1965, año en el que se le otorgó una beca para continuar su preparación profesional en el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales del Instituto de Torcuato di Tella en Argentina, bajo la tutoría de Alberto Ginastera.

Sobre el Homenaje a Juan Santamaría, concebido en 1966, don Benjamín nos relata:

Esta obra me trae el recuerdo de un personaje muy lindo que se llamó Jorge Sarmientos, quien compartió conmigo dos años de enseñanza con el maestro Ginastera en Buenos Aires.
Sarmientos era excelente director de orquesta y amigo. Un día me pidió que compusiera algo para la celebración centenaria que iba a hacer la Orquesta Sinfónica de Guatemala en el año 1966, relacionada con la Independencia de Centroamérica. Yo no sé por qué, pero no pensé en la Independencia de Costa Rica, sino más bien en Juan Santamaría.
Juan Santamaría se recuerda en nuestro país por el evento de 1856, la quema del mesón. Fue un humilde tamborín de Alajuela a quien, probablemente, se lo llevaron para esa guerra que aconteció en Rivas. Me pareció que era el momento para hacerle un homenaje a ese pequeño hombre.
Traté de pensar en él, pero no tenía mucho tiempo, pues Jorge me apresuraba. Entonces consideré el entorno en el cual se pudo haber desarrollado la niñez y la adolescencia de Juan Santamaría, aquella época en que las misas se hacían con base en el canto gregoriano, aquellas gentes campesinas que disfrutaban de la sola idea de compartir amistad y amor con sus vecinos. Juan Santamaría no es solo un héroe, sino también una figura mítica para los costarricenses. Por eso, ustedes van a encontrar en esta obra cantos gregorianos, batallas, lamentos y, finalmente, en el timbal, la muerte del soldado Juan
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La combinación de las cuerdas y la percusión ha tenido un lugar de privilegio en el siglo XX. Douze minutes à Neuchâtel es un ejemplo y una obra única en el catálogo de Benjamín Gutiérrez. Sobre esta pieza, el Maestro nos explica:

Es una obra en 4 movimientos, de 3 minutos exactos (cada uno de ellos) y debe ser tocada así siempre, porque fue dedicada a la cultura suiza, donde inventaron no solo el metrónomo, sino también toda la tecnología, la estructura bancaria y, sobre todo, el reloj. El concebir una obra de 3 minutos exactos en 4 movimientos fue para mí un gran esfuerzo, pues tuve que trabajar con un metrónomo para poder medir los tiempos y, así, ajustarme al título que quiere decir en español “Doce minutos en el lago de Neuchâtel”.

La obra Bosquejos del año 1981 para oboe solista y cuerdas nace como consecuencia del contacto que tiene el compositor con los músicos extranjeros que formaron parte de la Orquesta Sinfónica Nacional de Costa Rica (OSNCR) en esa época. Entre ellos se encontraba el oboísta uruguayo Claudio Bondy, a quien le dedicó la obra. Sin embargo, el artista suramericano nunca la estrenó; por ello, esa responsabilidad recayó en el costarricense Jorge Rodríguez, quien fue alumno de Bondy y, actualmente, se desempeña como oboísta principal de la OSNCR.

La década de los ochenta del siglo pasado vio nacer el Preludio Sinfónico, el cual, en su primera variante, formó parte de la ópera ballet Pájaro del crepúsculo, basada en un cuento del escritor japonés Junji Kinoshita. Esta fue estrenada en octubre de 1982 en el Teatro Nacional, gracias a un montaje de la Compañía Lírica Nacional, la Compañía Nacional de Danza y la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por el propio compositor.

Dicha selección musical del catálogo de Benjamín Gutiérrez reconstruye un período importante de la creación musical costarricense, el cual rompió con los estilos predominantes de la primera parte del siglo XX y abrió nuevas posibilidades a las generaciones emergentes de esa época. Quizás lo más importante del esfuerzo realizado por el Centro Nacional de la Música y la Orquesta Sinfónica Nacional de Costa Rica es que gracias a este registro sonoro podemos reconocernos en nuestra historia musical.

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