Música de salón

erasmo

El disco compacto Música de salón atraviesa la línea imaginaria de dos siglos. Sus intérpretes, Erasmo Solerti y Tanya Cordero, acaban de grabarlo, en la época presente, el siglo XXI, y entonces nosotros tenemos la posibilidad de escucharlo en un aparato digital o en un dispositivo móvil; de este modo, la música y su contenido se acercan sigilosamente hacia nosotros, desde lejos en el tiempo, portando los secretos espirituales, el ethos de la vida cotidiana del siglo pasado.
Su encanto y simpleza nos cautiva, atrayéndonos hacia las calles de una joven ciudad latinoamericana en los albores del siglo XX, conduciéndonos por anchos bulevares, recién ataviados con árboles en sus orillas e iluminados por postes de electricidad en vez de aquellos románticos faroles que iluminaban con kerosén; dirigiéndonos a un parque apropiadamente estructurado, cuya novedad de los últimos tiempos fue la elevación de un monumento dedicado a los héroes nacionales.
Y de nuevo, aparecen las notas musicales, pero esta vez desde una casa acomodada, situada al lado sureste del parque. Las partituras musicales, envolviéndonos en su juego sonoro, nos conducen a la resolución de los enigmas relacionados con su composición; a la resolución de los secretos guardados en las paredes taciturnas de la casa, construida en estilo victoriano.
Su estructura arquitectónica expresa el estatus social de la élite urbana de aquellos tiempos, mostrando la riqueza de una u otra familia por medio de la construcción de varios espacios familiares, entre los cuales se destacaba un amplio salón con el piano, cuadros, relojes extranjeros y costosos sillones tapizados. Estos salones, en su tiempo, albergaban las visitas que llegaban a tertuliar y escuchar la música que tocaban las hijas de familia. Toda la noche podrían sonar incesantes las notas de obras musicales, tales como Humoresque, Miniatura, El sueño de un ángel, La cosecha, El secreto y Cómo la quiero, de Alejandro Monestel; Arlequín y Momento español, de José Castro Carazo; o Serenata, Humoresque “Novellette” y Canción de cuna, de Ismael Cardona, costarricenses los tres.
Empero, la música que está grabada en este disco compacto no solamente se interpretaba en las tertulias en dichos salones familiares. De esto nos hablan algunas cartas encontradas en este edificio antiguo, que cuentan que muchas de las casas de la burguesía urbana han tenido un zaguán por donde entraba la gente. A mano derecha, la casa invitaba a pasar a una sala grande (ahí se realizaban las tertulias), pero después, por el zaguán, se abría un espacioso hall donde ahí, escribe una de las hijas mayores: “Nosotras bailábamos, las del barrio, porque mamá siempre nos dejaba hacer bailes”. Y claro, las obras, tales como el Vals Romántico, Pasillo Claudia y Vals Leda, de Julio Fonseca; Gavota Ivonne, de Alejandro Monestel; y Valsette Flora, de Julio Mata, se interpretaban en dichos bailes de la clase media alta latinoamericana y, por tanto, nacional.
Del mismo modo, escuchando las hermosas y sugestivas melodías del disco Música del salón, nuestros pensamientos emprenden el vuelo hacia las historias sobre los gustos de la élite urbana de aquella época, hacia cómo vivió la emergente urbe latinoamericana. Y no solo esto nos cuentan los pasajes musicales de las obras de los compositores costarricenses, sino que en estas se perfilan, en detalle, los distintos episodios de la senda personal de cada artista, los cuales se revelan en los títulos de las composiciones, entreabriéndonos las puertas para poder descifrar los íntimos secretos de aquella época.

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